martes, 28 de abril de 2015

KATHRINE

Abro mi correo y me encuentro con esto:
Mi nombre es Kathrine, 31 años, de Alemania, donde he trabajado con jóvenes que hacen un año voluntario en profesiones relacionadas con la ecología. Mi trabajo implica organizar un programa de cinco semanas de seminarios en los que deben participar. También formo parte de un proyecto con un velero que navega por el Mar Báltico en Alemania ( www.lovis.de ). Lo utilizamos con propósitos educativos y con proyectos relacionados al tema ecológico y de los derechos humanos.
Estoy en camino a Suramérica donde quiero aprender más sobre temas ecológicos, comercio con bienes agrícolas (comercio justo) y la situación política.
Y así lo está haciendo. Zarpó desde Portugal en octubre pasado, cambió trabajo por comida en un velero turístico y luego de pasar por las Islas Vírgenes Británicas, Dominica, San Vicente, San Martin, Antigua y Granada llegó a Trinidad, para conocer el lugar donde su padre trabajó hace muchos años como ingeniero de puentes. De ahí cruzó a Guiria en una lancha y hace una semana llegó a mi casa por unos días.
Fuimos a la playa, visitamos haciendas de cacao y la fábrica de Chocolates Paria, cocinamos en familia, probó cuanta fruta encontró, conoció a Klaus Muller y sus proyectos, hablamos mucho y siguió viaje rumbo a Caracas, La Azulita, Barquisimeto y de ahí a Colombia, donde le dicen que es mucho mas seguro viajar, incluso pidiendo cola.
En su bitácora de viaje no figuran los aviones, de ser posible,  por lo mucho que contaminan, prefiere los vegetales a la carne, caminar y la bicicleta a los carros, integrarse a las rutinas caseras y ayudar en lo que puede, curiosa de todo.
Entre las muchas cosas que nos dejó de regalo está una grillita de palma a la que le pusimos su nombre y la certeza de que hay muchísimas personas en el mundo que hacen lo que piensan y dicen con convicción, que en las diferencias buscan los puntos en común, que se sienten responsables por lo que sucede y por lo que con sus acciones puede cambia. Gracias Kathrina.



lunes, 6 de abril de 2015

YARE

En enero de este año fui a la Gran Sabana. Hicimos las amigas la vuelta Arekuna, cinco días de caminatas y curiara, de tepuyes, silencio... y de yare. Domitila Sucre, en Salto El Hueso, nos regaló un potecito de kumachi, ese picante pemón insuperable que se hace con el líquido que se exprime de la yuca amarga (Manihot utilissima) cuando se hace casabe, y que solo la paciencia milenaria y el fuego logran convertir en una salsa oscura, untuosa, con toques dulces y ácidos al mismo tiempo que es el yare.




La base del kumachi es, como acabo de escribir, el yare, al que le agregan ajíes picantes, termitas, bachacos culones, pescaditos, según sea la temporada y la costumbre. Es un sabor que me seduce y que cuando combino con chocolate me llena de energía y alegría.
Para hacer el tumá, sopa del compartir del pueblo pemón, se utiliza igualmente yare, kumachi, ajíes, aurosá que es una hoja de sabor parecido a la espinaca y que crece cuando se preparan los conucos, cebolla, carne de cacería sea báquiro, venado, danto, lapa o de aves como el paují, la gallineta... o simplemente vegetales.
En la página eluma.blospot.com refieren que el tumá tiene como valor simbólico la unidad e integración entre familias y comunidades. Se come alrededor de la vasija en la que se cocina a leña.



En las islas del Caribe, el yare se embotella y se vende como Casareep. En Guyana lo pueden aliñar con canela y clavos y su uso mas frecuente es en un entre guiso y sancocho que se llama pepperpot cuya virtud, dicen, es que gracias al yare que actúa como preservante (o preservativo) puede permanecer mucho tiempo sin refrigerar, por siglos incluso, según una leyenda popular.

 Pepper pot de Granada con verduras (hojas de ocumo chino, ocumo, quimbombó, auyama y carne de res).
 Como para que lo pinte Warhol

Esta foto corresponde a una receta de Guyana que indica que se puede usar carne de res, cerdo o cordero.

martes, 2 de diciembre de 2014

Llano adentro, emociones afuera



Escribo esto desde el llano. En los últimos dos meses he recorrido más de ocho mil kms de país, que en mi caso particular significan una mezcla de carretera, sabores y nuevos afectos. Como no he escrito de cada destino trataré de recordar algunas paradas que se grabaron en mi vida por el significado que cada hacer, a mi parecer, tiene en la vida de otros.
Fui a La Guardia, en Margarita, como jurado de un concurso de mejillones que organiza anualmente Margarita Gastronómica y quedé conmovida y admirada por el trabajo de Pilar Cabrera y Niels Petersen de  Casa Mejillón. Se nota a leguas que hay una relación profunda con su comunidad, que hay un empeño diario por generar y compartir bienestar.  


Hubo propuestas repetidas, algunas divertidas como la de la señora que hizo un chantilly de mejillón blanco y rojo… estoy segura que c ada año las recetas serán mejores , que el evento se seguirá repitiendo y que con el curso natural del tiempo y acompañamiento en la formación,  la gente explorará cada vez más  su maravilloso producto para hacer de él un legado de familia, una posibilidad de ingresos para la economía local y un  punto de atracción para los visitantes. De Margarita Gastronómica no sé ni qué decir… tengo la más sana de las envidias por los resultados de un hacer tesonero que está marcando un hito al mostrar el patrimonio gastronómico del destino turístico más visitado por los venezolanos. El bonus track de este viaje fue el chutney que me preparó mi amigo Terry Bannon con  unas frutas de nuez moscada cultivadas en Paria que yo llevé y el consentimiento de Linda, su esposa y amiguísima querida con la que siempre me divierto.  



Luego fui a Valencia invitada por Luis Brunicardi, del grupo de amigos del Hospital de Niños y junto a Armando  Canelón  y María Fernanda Di Giaccobe gozamos un puyero cocinando con cacao y chocolate para una cena que estuvo llena de gente que disfrutó la comida y contribuyó con el proyecto. La organización fue impecable y un botón mas de la generosidad de la gente y la calidad de su compromiso con proyectos que ayudan a mejorar la calidad de vida de otras personas.
Antes y después del viaje a Valencia fui jurado de la semifinal y final del concurso de la empresa Kakao Real que todos los años celebra su aniversario con este evento y charlas y catas alrededor del tema del chocolate.   Cada octubre de los últimos cuatro años he recibido esta invitación de Marlene Berrios con una inmensa curiosidad por lo que veré y probaré y con las ganas de que el año siguiente incorporen al concurso platos salados hechos con cacao o sus productos. Tanto buen cacao aún en el país y tan poco que lo hemos explorado.


Debo confesar que pese a mi entusiasmo, si probar 14 platos de mejillón diferentes me pareció una barbaridad en Margarita, no se pueden imaginar lo que fue degustar 23 postres de chocolate en un solo jalón. De un día así uno sale entre indigesto e intoxicado de felicidad. Solo pude hacerlo porque mis compañeros de jurado fueron todos muy divertidos, atinados en sus observaciones hacia estudiantes y oficiantes que concursaron y al igual que yo están todos enamoradísimos del chocolate, como Brian, de La Praline, y Sammi, de Pastelería Mozart, dos personas que no conocía y a las que me gustaría seguir viendo en mi vida.  A veces me parece increíble que en un país lleno de desatinos, inequidades, inseguridad,  profundas diferencias políticas, rabia, corrupción e intolerancia entre las partes,  yo pase semanas siendo parte solamente de cosas positivas,  gente que trabaja con entusiasmo, que promueve proyectos maravillosos y que al igual que yo se puede quejar amargamente de esto o de aquello pero prefiere batallar y generar espacios de crecimiento ciudadano y posibilidades de bienestar para otros.
Con la boca aún empegostada de chocolate y Juan Sará de compañero comenzamos los preparativos para unos días de cocina pariana en Café Casa Veroes. Este restaurante queda en la Casa de Estudios de la Historia de la Fundación Polar en el centro de Caracas. Su chef, Edgardo Morales, es un cocinero joven al que admiro por su rica sazón, su capacidad de trabajo  y por su curiosidad, porque es de los pocos que conozco que hace de verdad verdad cocina de mercado y se patea Quinta Crespo semanalmente. Quinta Crespo es parte de mi historia porque cuando era pequeña y preguntaba cómo nacían los niños mi papá siempre me respondía que los compraban en el mercado y que a mí me habían conseguido con la cara toda arañada de un guacal en el mercado de Quinta Crespo.  Ese cuento lejos de crisparme me mataba de la risa y me imaginaba de lo más feliz asomada en uno de esos sacos de yute que usaban en mi casa para ir al mercado de Guaicaipuro, que nos quedaba mas cerca y al que íbamos semanalmente.
Me gusta mucho Casa Veroes. La comida es rica, la casa hermosa con su verde jardín que hace que uno se sienta comiendo al aire libre, me gusta entrar en la librería… esta vez compré cuentitos preciosos y a buen precio para los nietos y un libro de química de los alimentos que me tiene encantada y es un reto a mi memoria universitaria, pero lo que más me gusta, definitivamente,  es regresar al centro. Trabajé aaaaños de Marrón a Pelota como corresponsal de  la Agencia France Presse y más jovencita aún en el Banco Hipotecario de Crédito Urbano que quedaba en la esquina de El Chorro dando clases de inglés y aprendiendo a defenderme de los piropos de los obreros que trabajaban por ahí. Me siento cómoda en el centro. Pese al exceso de propaganda  gubernamental, lo encuentro  renovado y precioso y lamento que haya personas que no se atrevan a visitarlo y se priven así de un espacio urbano que nos pertenece a todos.
Los días de Casa Veroes fueron un trabajón y una gozadera. De Oriente nos trajimos el chutney de fruta de nuez moscada, chorizos riocariberos, morcillas carupaneras, los chocolates de los Franceschi, los rones de Destilería Carúpano, la pimienta de guinea, la sarrapia, el picante y el ají dulce y el papelón. Carlos Rodríguez nos trajo sus patos reales de Apure para cocinarlos con chocolate y kumachi de Canaima, y jau jau, un casabe relleno de queso llanero y azúcar que hace la señora Georgina en La Negra, un pueblito de carretera en Guárico donde también venden casabe, pan de horno y babo salado.

Casi sin tregua nos enrumbamos para el sur, compramos mereyes pasados y cristal de guayaba donde las Wulff,  las tías de Karla Herrera,  en Ciudad Bolívar, y volamos de Puerto Ordaz a Canaima para cocinar en un evento privado en Waku, una posaba preciosa frente a la laguna de Canaima. Dormimos tres noches en el hotel de Venetur y nos dio mucha pena a Juan y a mí saber que todo el mundo, incluida la población pemón,  se está yendo a trabajar a las minas que hay dentro del Parque Nacional Canaima. El tema minas es una roncha de largo aliento que ha sembrado uno de los espacios más bellos del planeta de cráteres, miseria humana y contaminación con mercurio. Coincidimos con el final del rodaje de una  película protagonizada por Edgar Ramírez, un remake de un film cuyo nombre no recuerdo. Contradicciones me sobran, quedé aterrada por la cantidad de helicópteros que me enteré estuvieron aterrizando en el tepuy donde grabaron. No abundo en detalles porque no los conozco pero entiendo que nos pasamos las leyes por la naríz cada vez que nos place y que la protección del ambiente no es tema de prioridad nacional. Tampoco la protección de la fauna silvestre, cosa que veo con furia cada vez que voy de Caracas a mi casa y, llegando a Piritu, prolifera la venta de pajaritos  y araguatos bebé a metros de la policía, que al uno reclamar responde que eso es competencia de la Guardia Nacional.
En fin, trabajamos, amanecimos y nos acostamos frente a los cuatro saltos que tiene la Laguna de Canaima, fuimos felices hasta el agotamiento en la cocina y  regresamos cuatro días después para pasar de refilón por Río Caribe y  cocinarle a los chocolateros invitados por María Fernanda a conocer el país, con ese enorme entusiasmo que le ha puesto a su empresa Cacao de Origen. Con una dormidita en Caracas nos enfilamos a La Puerta para una velada de música y sabores compartidos con nuestros queridos  Xinia y Peter, de Mérida, en casa de nuestros anfitriones del Hotel La Cordillera. Laura y Ricardo son un encanto, me siento en casa en ese lugar. Cocinamos rico y relajados, compartimos cuentos y vinos.
La cantante que nos acompañó en la cena se llama Anny Cauz y tiene una voz preciosa. Y otro bonus track, nos regaló un hermoso disco y al día siguiente cerramos comprando unas ollitas primorosas cerca del hotel.
De La Puerta  fuimos a encontrarnos con Valentina Quintero y @arianuchis en Calabozo. No pudimos hacer el viaje en una sola jornada. Viajamos vía Boconó por una carretera hermosísima que no conocíamos, así que cuando nos agarró lluvia sin sol decidimos dormir en Campo Elías. Portuguesa me pareció tan bonito y prolijo como Yaracuy. Todo arregladito y limpio, al menos a la vera del camino. Las carreteras decentes hasta tomar la vía Tinaquillo a Dos Caminos que fue el propio huecocross.
Por fin llegamos a Calabozo como a las dos de la tarde, bastante derrengados y las chicas, junto a nuestra anfitriona Sorelia Franco  nos recogieron en El Rastro para llevarnos a La Casona en la Hacienda Campo Claro cerquita de Guardatinajas. Cuando digo cerca, es cerca, porque cuando un llanero dice cerca para mi es lejíiiiiiisimo.
Pasamos cinco días entre Guárico y Apure y quedé enamorada de llano para siempre. Hacía siglos que no iba y de no vivir cerca del mar creo que es el lugar donde me gustaría estar. 360 grados de plenitud y horizonte abierto. No soy fanática de la carne de res pero en el llano todo me supo diferente, empezando por ese olor a mastranto que lo recibe y lo despide a uno cada día. Me atapusé de quesadillas en Corozopando, de pan de horno de El Guayabal, conocí a la Georgina del jaujau de mis amores, comí catalinas negrísimas rellenas de dulce de lechoza y piña, probé los mejores dulces de cabello de angel, brandy y piña y cascos de guayaba de Guardatinajas, le compré una piñata de tapara a mi nieto Bruno que cumplía su primer año, me enamoré, igual que Valentina, de Iván, el cocinero italiano del Best Western en Calabozo y quedé seducida por Cándida y sobre todo por esa doña Bárbara llena de amor y humor que es Sorelia. Ahora solo quiero regresar.
Valentina inventó que Juan y yo nos fueramos ahí mismito, rapidito a  El Cedral y fue un viaje interminable por la distancia pero que yo hubiera querido prolongar para seguir viendo esteros, garzas, gabanes y palmas llaneras. Fuimos dos veces a San Fernando, una para ver el Palacio de los Barbarito y otra porque nos equivocamos de entrada.

El Cedral me pareció un paraíso de pajaritos desde mínimos hasta el enorme garzón soldado que vimos cuidando el nido sin dejar de cortejar a su dama.
Nunca vi tantos chiguiritos sueltos ni entendí con tanta nitidez lo que significa decir que algo huele a chiguire, foooooo. Extrañé cada segundo a mi hijo Rodrigo, que fue guía en ese lugar hace más de ocho años, justito antes de irse a Australiade  lleno de ganas de aventura y de amor. Hubiera sido una maravilla de viaje tenerlos con nosotros a él y a Gusa. Tienen muchos conocimientos y saben explicar.
Tito, el chofer del camión, fue nuestro guía. Gentil y ojos de gato todo lo supo contestar.  A Juan le fascinaron los chiriguare y caricaris copete anaranjado. Comprendimos perfectamente el dicho como caimán en boca e caño, vimos zorritos, venados carameros y todas las aves posibles. Yo compré un onotero de tapara tallada precioso.


Del llano regresamos a Caracas para compartir con los hijos  y celebrar el primer precumpleaños del nietito Bruno, el post cumpleaños de su papá, Andrés, y a la única cumpleañera en fecha, @arianuchis, a quien le cocinamos con tanto cariño y vino que no se ni como llegué a la cama. La vida, o las emociones, a veces se nos cruzan.
Al día siguiente, vuelta a nuestro Aveo rumbo a Barquisimeto donde cocinamos para un evento con los chicos de la escuela Adelis Sisirucá. Cada vez que voy a Lara me gusta más. Soy una fan desbordada de sus quesos y de la crema Don Manuel, del lomo prensado caroreño,  de los vicuyes y de sus músicos y artesanías, del color de su tierra y de sus verdes. Fue una paliza de trabajo de la que salimos felices e inspirados para continuar hasta Barinas y hablar del amor por el patrimonio gastronómico pariano y del país. Hace tiempo me juré que nunca regresaría a ninguna feria pero cuando supe del empeño de Jaime Llanos por montar el pabellón gastronómico de Fitven no tuve dudas y quise ir. Los cocineros de los hoteles de Venetur mostraron que con entrenamiento e inspiración pueden hacer un gran trabajo. El señor Agustín Hernández, cocinero barinés, nos enseñó en veinte minutos lo que no aprendí en años. Rafael Cartay me hizo descubrir la hallaca angostureña. Del resto del evento no puedo opinar porque poco ví pero de este pabellón solo puedo decir que estuvo muy bien montado y  fue un viento fresco de cocina de las regiones y un ejemplo de cómo sector privado y Estado pueden encontrar puntos comunes de trabajo. No se habló de política ni de gobierno sino de productos, tradiciones, técnicas y sabores que nos pertenecen a todos.
Barinas me gustó mucho. Quiero regresar. No sé si me atreveré a comer las ubres de vaca que venden en el mercado Las Carolinas  ni las gordas chinchurrias que asan en La Redoma. Solo sé que el llano se me instaló dentro y lo quiero explorar, conocer a qué sabe, compartir el camino que voy haciendo, que vamos haciendo tantos. Quiero, quiero.
Cosas que me encantaron de todos estos viajes
Los bocaditos de plátano y queso con melado de papelón y sarrapia que me regaló Adriana García, ganadora del concurso Estampas de este año con unas tartaletas de casabe muy bien hechas y mejor rellenas con una crema de guayanés y ají dulce. Me encanta su blog Cilantro pero no tanto.
Colearme en la final de ese concurso en Hajillo´s y compartir con Felicia Santana.
Hacer por primera vez la torta bejarana. Me encantó.
El crumble tibio de fruta de nuez  moscada y piña con helado que servimos de postre en Café Casa Veroes, los patos con chocolate y kumachi, el risotto de mejillones y chorizo que preparó Edgardo Morales.
Que la gente goce la diferencia de sabores de los chocolatitos Franceschi según el tipo de cacao.
Que nos pidan un refill de ron Carúpano.
El pan de horno de El Guayabal.
Las taparas talladas de Falito en Guardatinajas. Gracias Sorelia.
Las quesadillas de Esperanza en Corozal…menos mal que no vivo cerca.
Los esteros de Camaguán.
El Cedral.
La humildad de Agustín Hernández y conocer su restaurante en Barinas.
Que Juan me acompañe ytrabajemos juntos.
Saber que mi hijo Andrés y Cosmelina vendrán a cocinar con os en Canaima.

sábado, 21 de junio de 2014

WARAOS, ESPECIAS, INTOXICADA Y OTRAS CONTRADICCIONES

Llevo 8 días de hospital con mi mami, todo mejorando. Yo, que no saqué ni medio gen de mi madre y mis tres tías enfermeras, me las he bandeado a punta de cariño y libros, de la solidaria asistencia de Luisa, Magaly y Juan, y del mas escrupuloso seguimiento a las instrucciones médicas, detrás de todo el mundo como un tábano para que se cumplan horarios y tratamiento.
En medio de tanto caos, nunca fui mas felíz de tener un I Pad que hace innecesaria la lamparita en las noches y evita que uno se quede guindao cuando se le acaba el libro. Mi amiga Natahaly Nuñez me enamoró de los ebooks y me ha dado una importante provisión de ellos. Así, me releí cuatro de Paul Auster y ahora voy a por unos cuantos que me den risa, el mejor remedio.
No pude cumplir con mi viaje al Delta para cocinar con mis alumnos warao ni pude ir al Congreso de Gerencia y Patrimonio en Margarita que organizó escrupulosamente José Luis Figueroa. Como dice Pocho Garcés, no me lo perdí, solo mi tiempo se transformó en otro. Igual Soliria Menegatti, de Fundación Tierra Viva, me mandó unas fotos del viaje al Delta y comparto con Uds. una de ellas.

Este plato de degustación lo prepararon en La Ceibita Indígena, una comunidad de Caño Mánamo, como a hora y media de Tucupita. Es una arepita de ocumo chino, bola de plátano, pincho de gusanos de moriche y palmito fresco. Mantel y plato de hojas y corteza de plátano. Si con apenas un taller pusieron la mesa tan bonita y se esmeraron tanto, no me imagino el resultado que tendremos hacia fines de año si, con el acompañamiento de varios amigos periodistas, cocineros y otros solidarios, le seguimos dando vida a este proyecto que inició Tierra Viva. Tanto país y tantos sabores por descubrir.
También me alegró la semana la visita de Jesús Fuentes, tenaz productor de nuez moscada y macís en la Península de Paria, que ya estamos vendiendo en Caracas.
Con la fruta hicimos cascos y mermeladas que quedaron en Alto Restaurante, donde la mano de Carlos García les dará, por seguro, un delicioso destino.
El macís y la nuez moscada lo pueden buscar en Galanga, primer piso del Mercado de Chacao, y en Manicería San Jorge, a una cuadra del mismo mercado.
También ha sido semana para preparar nuestros próximos tres eventos. El menú de los Navegantes, el 26 de junio, para celebrar la inmigración canaria y madeirense en El Hatillo. Junto a Mamazory, de Laurus Valencia, y con la ayuda de Egidio Rodríguez, Akemy Fernández, Felicia Santana y bajo la curaduría de Ocarina Castillo, esto es lo que haremos:



MENU DE LOS NAVEGANTES

ISLAS DE DOS AMORES

Si algo comparten Madeira y las Islas Canarias es su ubicación en el cinturón tropical del Atlántico y el amor compartido de sus hijos  entre su región de origen y Venezuela.

El Hatillo es un botón que muestra cómo personas venidas de otras latitudes hicieron suya la tierra venezolana, la trabajaron y sembraron con sus sabores para cosechar, al cabo de cientos de años un menú de nueva fraternidad.

Con estos pequeños platos que hoy compartimos aspiramos hacerlos navegar a los aromas de otras tierras y a los que resultaron de los encuentros entre canarios, madeirenses y venezolanos.



Entre mojos:  Pinchos de papa con variedad de mojos canarios y madeirenses (de ajos, verde, de cilantro, picón, de vino, de tomate asado, de orégano y comino)

Bombones de morcilla canaria con almendras

Bolinhos de bacalao 
Bacalao Gomes Saa

Escabeche de loro (pescado)

Cazuelitas de carne de puerco en vinha de alhos

Cazuelitas de ropa vieja (carne y garbanzos…se parece al guiso de hallaca)

Espada preta con bananas (pescado con plátanos)

Ensaladita de chochos y aceitunas

Ensalada  con queso de cabra y almendras

Pan de chorizo

Milho frito

Pelotas

Pan de Chepe

Bolo de Caco (pan)

Arepitas de Chicharrón

Cachapitas Atlánticas



Poncha de naranja (guarapita portuguesa)

Dulces

Bienmesabe de gofio

Flan de naranja

Buñuelos de batata

Pudín de parchita

Bolo de nata

Mas la selección de vinos que está a cargo de Belkis Croquer

El sábado 28, celebraremos el día del Periodista. Aquí el menú.


Se lo leen con lupa o lo buscan en FB.
Abriremos julio con un almuerzo en el hotel escuela de la Universidad Simón Bolívar en Camurí para seguir celebrando a los periodistas. Será el 2 de julio y el menú recreará algunos platos que reseñó el periodista Ramón David León en su Geografía Gastronómica Venezolana.
Así, tendremos arepitas de morcilla carupanera con chutney de mango, escabeche de pescado con ensalada de curry, pepinos y naranja, tortilla de chorizos y platanitos con arroz con frijolitos blancos ahumados y de postre tequiche, manjar de frutas y crema de chocolate. Para beber, guarapo de piña.
La intoxiación del país que no quiero va mejorando ante tanto proyecto sabroso, tanta gente con ganas de construir, tanta mano solidaria.
Las contradicciones siguen intactas.




sábado, 24 de mayo de 2014

GENTE DE AGUA






La primera vez que fui a Tucupita estudiaba Biología en la Central y aún vivía mi mejor amiga Miriam Colella. Nos llevó al Delta en salida de campo de estudios del suelo José Luis Berroterán. Conservo de ese viaje el retumbe del autobús azul de la universidad, retazos de lluvia, pantano, un sueño corto en un cuartel militar en una isla deltana, más barro, más lluvia, más sueño, una casa comunal donde muchos waraos cocinaban hacinados, los niños con sarna, cestas preciosas y mi corazón roto.
Regresé luego unas cuantas veces más, ésta última  invitada por la Fundación Tierra Viva, y al igual que la primera vez, caí rendida, cautiva del río, sus sabanas anegadas, la selva de verdes infinitos, las miradas oblícuas de los niñitos warao y un cierto sosiego que me invade cuando los araguatos aúllan y pájaros que no conozco y apenas veo alborotan el aire con sus alas.
Viajar es mi vicio y este país un regalo que muchísimas veces me duele cuando pasan los años y los cambios no son para mejor. Así pues, regresé de este viaje corto y deltano fragmentada como siempre, feliz de conseguir compañeros de viaje y vida tan llenos de ganas y esperanzas, dolida de miseria y abandono.
Compartí con mujeres warao de varias comunidades un día de cocina y un pequeño taller de higiene y manipulación de alimentos. Tierra Viva lleva adelante desde hace cuatro años un programa de emprendedores artesanos en comunidades warao del Delta del Orinoco, y está a punto de estrenar una ruta turística diseñada en parte por las propias comunidades. Ahí entré yo para apoyar en el tema culinario.
Con Soliria Menegatti fuimos al mercado de Tucupita y compramos frijolitos, laulau salado y papelón.
Nos atendió esta preciosura de niña que ayudaba a su mamá. En su puestito compramos picante de mango guyanés, catara líquida y en polvo y curry trinitario. Mas adelante una señora tenía catavía, yuca amarga rallada, y compramos un poco para luego hacer en el taller barriga de vieja, una especie de torta que me encanta con coco rallado y papelón.
En el bote de Pachico fuimos recogiendo gente de agua en Wakajarita I, La Ceiba y La Culebrita. Llegamos al Campamento Oropéndolas, de los hermanos Gibory y luego de poner a remojar los frijolitos que cocinamos al día siguiente con laulau salao, nos dedicamos entre todos a recoger los cogoyos de ocumo para el calalú, se ralló el papelón y el coco, se picaron los aliños y se hicieron mantelitos de hojas de banano recién cortadas, lavadas con agua de lluvia.
 Así nos quedó el guiso con hojas de ocumo y camarones sobre una cama de ocumo chino cremoso cosechado en el Campamento.





En orden en las fotos, el plato terminado con el guiso, platanitos en dulce de papelón, tortitas de ocumo que todos hicimos y arroz y carne guisada que José, el anfitrión, nos había preparado. La mesa compartida, y una de nuestras jovenes cocineras que fue con su bebé y su esposo.
Los cocineros y el equipo de Fundación Tierra Viva a punta de despedida ya.
Al día siguiente tuimos a Wakajarita I a recoger artesanías que Tierra Viva vende en un proyecto on line bajo la práctica de comercio justo. No se discuten los precios, solo se orienta, si es necesario, en cuanto a la calidad del terminado de las piezas.


 Esta cesta de abajo forma parte de un proyecto de tejido con hilos hechos de bolsas plásticas recicladas.






 Una chenchena, bella y maloliente despidió la tarde.




Julia, la chofer de lujo y un hijo de Magdalena.



Regresaremos en tres semanas, les seguiré contando... mientras algo de info sobre la Gente de Agua, primeros pobladores de Venezuela.





http://es.wikipedia.org/wiki/Warao
http://lasvocesdejunuunay.blogspot.com/2013/03/mitos-venezolanos-waraos-el-dueno-del.html

jueves, 17 de abril de 2014

FRIJOLITOS, FAMILIA, NAZARENOS





Las dos últimas noches en Río Caribe habían sido de alto volumen, al menos frente a mi casa. De Francisco Céspedes al vallenato mas trancao pasando por los terrores horripilantes de merengues y salsitas que si los cocinara no levantarían ni darían buen sabor a la comida, todo lo contrario. Anoche fue la excepción. De un camión con enormes alto parlantes salía una peculiar melodía sacra mientras que docenas de personas vestidas del color correspondiente acompañaban las imágenes del Nazareno, la Dolorosa y Santa Verónica.
Me cuenta mi amigo Jesús Enrique Méndez, Churri, un artista cultor de la historia de su pueblo, que la imágen del Nazareno y de la Dolorosa llegaron de Sevilla alrededor de 1840. Churri ha trabajado mucho con José Gregorio Valencia, pintor, tallador y escultor, autor de los retablos de la iglesia San Miguel Arcángel de Río Caribe. Los vemos al fondo de la foto que encabeza esta nota.
Del taller de Goyo salió la nueva anda de la Verónica y su talento ha engalanado también la venerada imágen de la Virgen del Valle en Margarita, entre otros trabajos.
Que me perdonen si meto la pata cuando escribo de liturgias y nomenclaturas religiosas. Soy una fiel respetuosa de todos los dioses y diosas, creyente de la libertad de culto, y fervorosa admiradora de la religiosidad sana que expresan diferentes culturas. Me conmueven hasta el último hueso las expresiones de fe de la gente y como crecí tarbesiana, en mi credo de vida figuran la esperanza y la caridad.
En fin, amé con renovada fe y esperanza a este pueblo que sigue cultivando sus tradiciones y que vestidos de nazarenos pagó sus promesas una vez mas.
Luisita Oliveros, cocinera de Río Caribe, preparó para los cargadores arroz blanco, platanitos y raya guisada, pero mi plato favorito de esta época del año son el machucao y las distintas versiones de los mismos frijolitos blancos. Si alguien los quiere probar en Caracas, por ejemplo, Edgardo Morales, chef del Café Casa Veroes en el centro, los servirá mañana viernes santo.
La receta del machucao lleva, chaco (batata), auyama, ocumo blanco, lisa salada, frijolitos blancos de ojito negro, leche de coco y sofrito.
Los frijoles de remojan la víspera y luego se cocinan en leche de coco. Al estar camino a ablandar se les agrega la verdura cortada en cubitos, primero el ocumo y la batata y luego la auyama. Se sazonan con un sofrito de ajo, cebolla, cebollín y ají dulce, pimientita negra y al final se le pone encima la lisa previamente desalada y asada. A mi me gusta ponerles un toque de hojitas de culantro picadas.
En Río Caribe también se hacen tipo sopa y sin la leche de coco. Hay una versión con patitas de cochino y tocino llamada temuere y otra con especias (guayabita y canela).
El piñonate y el dulce de lechoza verde son también sabores de Semana Santa, normalmente en familia, que es como la celebran por acá, las casas abiertas a los hermanos, los sobrinos, los tíos que se fueron y se quedaron fuera pero que regresan en una especie de peregrinación cada fiesta posible a renovar los afectos.

martes, 25 de marzo de 2014

DE LAVAPLATOS ANDAMOS

Hoy almorzaremos lengua a la jardinera, tal y como recuerdo que mi madre la hacía, con zanahorias pero sin guisantes porque no hay. Tampoco tengo arroz, ni aceite del normalito... casi se acaba el café, Juan me trajo azúcar de Caracas a 30 Bs. el kilo, comprada en el mercado de Chacao. Tengo un kg de harina todo uso por la que pagué hace un mes 55 Bs. y guardo un pote de crema de leche de verdad, 180 Bs., para la cena que le tengo prometida hace semanas a Elia Sánchez.
Desde hace semanas preparo una masa madre para hacer un pan. Usaré para ello la mitad de la harina que tengo y con la otra mitad me aventuraré a hacer unos cruasanes porque tengo mantequilla de verdad verdad. Tantos días sin salir de casa me han puesto de nuevo a cocinar... y a comer. Ni pesarme quiero!!!
Como tampoco se consigue lavaplatos, encontré una receta facilita en internet. Se licúan tres limones con cáscara, pepas, todo, pero picaditos, con 200 grs de sal, 100 cc de vinagre y 300 cc de agua. Se cocina todo unos 15 minutos hasta que espese, y esta crema se pone en un recipiente con tapa y según la receta es mejor guardarla refrigerada.
En casa no ha dado tiempo de guardarla. No hace espuma pero los platos quedan limpísimos y perfectos, con un ligero olor a limón, las manos suaves.
No me gusta para nada la idea de hacer cola para hacer mercado y menos la de acostumbrarme a la escasez pero si me gusta saber que puedo buscar alternativas sabrosas, nutritivas, para comer y emprender quizá hasta un modo de vida más armónico con mi entorno, con la gente, con la naturaleza porque en vez de hacer las cosas en automático las pienso mas y mejor.